Después de más de cuatro días de búsquedas en internet, interminables llamadas y una visita al hospital, aún no sé si tengo coronavirus. La búsqueda de información práctica en tiempos de pandemia aquí donde vivo, en Miami, ha sido un tedioso recorrido lleno de confusión y el nerviosismo de aparentemente tener los síntomas a cuestas.

Como volé durante la noche, llegué agotada a las 6 am hora del Este. Pasé el día casi completo durmiendo o recostada porque no podía ponerme de pie, pensando que el malestar era producto del vuelo, del jet lag, de no dormir.

El domingo por la mañana iba a salir a comprar provisiones para mantenernos porque estamos trabajando desde casa, pero me comencé a sentir mal. Preferí no salir. Me quedé en cama y me tomé la temperatura, tenía 100.4 grados Fahrenheit (38 grados centígrados). Pronto comencé a sentir dolor en la garganta, tos, la nariz tapada.

Pensando en que había tomado tres vuelos esta semana -y que no hay un sitio mejor para contagiarse coronavirus o algún otro virus que ataque las vías respiratorias que un avión- comenzamos a buscar información sobre síntomas y tests en la zona de Miami.

Quiero destacar que soy una persona sana de 37 años, sin ninguna enfermedad preexistente por lo que no soy población de ‘riesgo’ ante la pandemia. Sin embargo, confieso que sentir los posibles síntomas de una enfermedad que tomó a todos los sistemas sanitarios del mundo por sorpresa y que ha causado tantas muertes en tan poco tiempo me hacía sentir nerviosa.

Naufragando en internet

Más tos y mocos, fiebre persistente y dolor en el cuerpo. Los síntomas los tenía, entonces comenzamos a buscar información en internet. Le preguntamos a Google ‘¿cómo hago para hacerme el test del coronavirus en Miami?’ -en inglés, ya que estamos en EEUU- en distintas combinaciones de palabras.

La búsqueda me arrojaba infinidad de notas de distintos medios, especialmente locales de Miami. Estadísticas mundiales, casos notables, conteo de muertos, pero poca información práctica de a dónde acudir si se sospecha de un contagio.

Buscaba algo como un número de teléfono, un link a una central de coronavirus del condado, o del estado, una lista de sitios a los que llamar. Pero las búsquedas arrojaban más notas de información general.

Entonces comenzamos a navegar por páginas oficiales gubernamentales del estado. Allí tampoco pudimos encontrar información oficial práctica sobre qué hospitales o clínicas están realizando el test cerca de mi domicilio.

Esperando por teléfono

Entonces apelamos a la vieja usanza y decidimos llamar por teléfono a ver si alguien nos podía orientar. El Departamento de Salud del estado de Florida era la opción lógica.

Llamamos al call center del departamento para atender específicamente consultas sobre el coronavirus, según la página. Presionamos en el menú telefónico la opción ‘testing’ y estuvimos en espera durante 22 minutos. Sorpresiva, automática y misteriosamente, la llamada se transfirió a una oficina de salud de Tampa… una ciudad a 280 millas de Miami. Desistimos.

El siguiente paso fue ‘probar suerte’ en obtener información en mi seguro privado de salud. Llamamos. Salió mejor. Nos atendieron muy amablemente y, tras advertirnos que no podían dar ningún consejo de salud (no lo estábamos buscando tampoco) nos dieron la información de los tres sitios en donde se estaban haciendo pruebas de coronavirus en esos momentos en mi área.

Pero también nos dijeron que tenía que llamar a mi médico antes de dirigirnos a cualquier centro de salud. Para ese entonces tuve que esperar al día siguiente, porque los médicos no atienden los domingos.

El lunes comenzamos desde la mañana a tratar de encontrar a mi médico en la cadena de prestadores en la que me atiendo y cuyos empleados suelen ser muy amables y eficientes. Explicamos que yo estaba con síntomas de coronavirus y que el médico tenía que darnos la orden para el siguiente paso.

La persona que atendió inmediatamente dijo que nos iba a poner con la enfermera, pero cuando transfirió la llamada se cortó. Fue imposible volver a comunicarse con ellos, pese a que en la central telefónica las operadoras les dejaron dos mensajes pidiéndoles que nos llamaran de nuevo. La advertencia de que era una consulta por posible coronavirus no pareció servir de mucho.

Cuatro horas después desistimos y decidimos no esperar más.

Al hospital

Decidimos ir directamente al hospital, uno de los tres que nos señaló el seguro. Elegimos uno que queda a unos 15 minutos de casa (en auto).

Llegamos a Urgencias y en la puerta nos recibió una mujer a la que apenas le veíamos los ojos, envuelta en un traje protector celeste, barbijo, guantes y una suerte de casco de plástico transparente que le cubría la cara. La mujer con aspecto de ‘astronauta’ no nos dejó pasar al lobby hasta que nos tomó la fiebre a ambos y nos dio tapabocas.

Luego de una breve espera, pasamos al área de atención. Allí los pacientes y acompañantes llevaban las mismas protecciones, mientras que los que eran trabajadores del hospital además llevaban guantes y trajes plásticos.

En las casi cuatro horas que estuve ahí me hicieron todas las preguntas de rigor (¿ha viajado en avión? ¿Tiene tos? ¿Fiebre? ¿Mocos? ¿Tiene dificultad al respirar?).

Luego, prueba de orina, radiografías, me pusieron suero porque tenía el ritmo cardíaco muy alto (no sé por qué), test de laboratorio para ver si tenía gripe A o B, otro para ver si eran streptococos.

“Vamos a hacerte la prueba del coronavirus”, finalmente me dijo el médico agregando que como todo lo demás ya había sido descartado, el siguiente paso era ese.

Parecía haber sido un cambio de opinion médica, porque poco antes, el doctor le había comentado a mi novio en el pasillo fuera de la habitación que estaban “dosificando los tests de coronavirus” porque no había tantos disponibles para tanta gente y que yo no parecía necesitarlo.

La mejor parte: el test

“Se demorará hasta tres días” en llegar el resultado, me dijo el doctor pocos minutos antes de darme el alta y mandarme a casa. Eso fue lunes.

Martes, miércoles, jueves.

Sin novedades aún, llamamos al hospital. Le dijimos a la mujer que nos atendió de la línea de emergencias que no habíamos tenido noticias del test del coronavirus y que se cumplían los tres días de plazo que el médico nos dijo.

La respuesta fue inesperada.

Dijo que los resultados “van a estar listos dentro de dos o tres semanas” porque “hay muchos casos acumulados”, que mi situación es “la misma que la de decenas de miles de personas en todo el país”, con un tono que pareció algo indolente.

Semanas, no días, para saber si tengo el virus, pensé con incredulidad.

La mujer nos aseguró que los Centros para la Prevención y el Control de Enfermedades (CDC) les habían informado que ellos deben acceder a todos los casos y que tienen un severo backlog (retraso).

“¿Qué hacemos mientras tanto?”, preguntamos tratando de averiguar cosas como por cuánto tiempo yo podría ser transmisora si es que tengo coronavirus, o si podía o no tomar algo para calmar la tos.

“Yo no puedo decirle qué hacer, salvo sugerirle que se mantenga en cuarentena en su casa y evite el contacto con otros”, respondió la mujer.

Solo me queda esperar, trabajar desde casa, no salir y continuar ‘aislada’.

Además de no tener enfermedades preexistentes, pienso en que yo tengo la suerte de contar con seguro médico y hablar inglés, tres puntos que me han permitido navegar esta experiencia que aún sigo transitando. Pero en medio de una pandemia como esta, seguramente muchos que no cuentan con esas tres ventajas podrían estar con síntomas y sin saber cómo afrontar el enredo de buscar información para saber qué hacer.

Tal vez será cuestión de ¿días, semanas? hasta que los procedimientos funcionen aceitados, la información esté disponible y ordenada, y los mecanismos para diagnosticar sean más rápidos que el virus.

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